Una experiencia maravillosa

salto

Hay experiencias en la vida que te sorprenden. Y nosotras hemos aprendido que son pocas las veces que enseñas, sin aprender algo a cambio. Hoy me gustaría contaros una experiencia personal brevemente, que me sirvió para un gran crecimiento personal.

Parecía una reunión más, en una de tantas empresas que intuyen que algo no funciona e intentan solucionarlo. Nada más empezar la reunión me di cuenta de que lo que tenía por delante sería un gran reto para mí. Os preguntaréis por qué: lo que escuché durante las primeras sesiones se puede resumir en una sola palabra; quejas. Lejos de asustarme y salir corriendo, lo acepté y puse en ello toda mi pasión y mi esfuerzo.

 

A medida que seguíamos trabajando, esta pesada carga seguía presente en todos los estamentos de la empresa y traía consigo multitud de problemas. El más visible era que toda la comunicación se establecía a través del resentimiento entre los trabajadores, haciendo que éstos no aportasen nada interesante a la compañía y presentasen una evidente desmotivación.

Constantemente, todo era una queja: los empleados se quejaban de los jefes y de sus propios compañeros, arrastrando en esta dinámica a un gran número de personas pasivas, disconformes, pero desmotivados y silenciosos (quizás no se atrevían a comunicar). Se quejaban también los mandos intermedios; los jefes no comunicaban, solo imponían sin dejar espacio al diálogo. Existían importantes barreras a la opinión, la creatividad y la imaginación.

equipo de trabajo

Las protestas eran por todo: por lo que otros hacen mal, por cómo deberían ser las cosas y por las demandas incumplidas. Lo malo de la queja, es que tiene tanta fuerza que se queda en eso y no da remedios ni resuelve nada. De aquí que la mayor parte de mi trabajo fuera hacerles ver que donde todo está mal, se deben promover soluciones, modos diferentes de hacer las cosas. Aprendizaje. La queja no deja de ser un apego a lo que nosotros queremos que suceda, no una adaptación al cambio. Si no estamos abiertos a esto es muy difícil evolucionar.

Es también de gran valentía enfrentarse a estos retos incluso en lugares aparentemente hostiles como se tornan algunos ambientes laborales. La metodología era sencilla: consistía en la comunicación libre y en recuperar la confianza perdida, contando con todos los miembros del equipo por igual.

El maravilloso resultado de todo esto, fue que no solo ellos aprendieron. Yo también me di cuenta de que el lamentarse por lo que no tenemos, de lo que exigimos y no nos dan, son solo enormes obstáculos que no dejan salir nuestro potencial, nuestras soluciones creativas, nuestra habilidades… ¡que son muchas y sorprendentes!

En este grupo de personas encontré grandes aptitudes ocultas, capaces de dar brillantes resultados, pero envueltos en una actitud basada solo en las carencias, en el rencor y en esperar que todo cambie a nuestro alrededor menos nosotros mismos. Fue un trabajo duro, pero especial: conseguir que cada persona encontrarse su momento transformador. Pero esto mismo fue lo que hizo de todo ello una experiencia maravillosa.

aguila

Nosotros somos Águilas

“Había una vez un campesino que fue al bosque vecino a atrapar un pájaro para tenerlo cautivo en su casa. Consiguió cazar un pichón de águila. Lo colocó en el gallinero, junto con las gallinas. Comía mijo y la ración propia de las gallinas, aunque el águila fuera el rey o la reina de todos los pájaros. Después de cinco años, este hombre recibió en su casa la visita de un naturalista. Mientras paseaban por el jardín, dijo el naturalista:

-Este pájaro que está allí no es una gallina. Es un águila. -De hecho -dijo el campesino- es águila, pero yo lo crié como gallina. Ya no es un águila. Se transformó en gallina como las otras, a pesar de tener las alas de casi tres metros de extensión.

-No –dijo el naturalista – ella es y será siempre un águila pues tiene un corazón de águila. Este corazón la hará un día volar a las alturas.

-No, no –insistió el campesino-. Ella se convirtió en gallina y jamás volará como águila.

Entonces, decidieron hacer una prueba. El naturalista tomó el águila, la levantó bien en alto y, desafiándola, le dijo:

-Ya que usted es de hecho un águila, ya que usted pertenece al cielo y no a la tierra, entonces, ¡abra sus alas y vuele!

El águila se posó sobre el brazo extendido del naturalista. Miraba distraídamente alrededor, vio a las gallinas allá abajo, picoteando granos y saltó junto a ellas.

El campesino comentó:

-Yo le dije, ¡ella se convirtió en una simple gallina!

-No –insistió el naturalista-. Ella es un águila. Y un águila será siempre un águila, experimentaremos nuevamente mañana.

Al día siguiente, el naturalista subió con el águila al techo de la casa. Le susurró:

-Águila, ya que usted es un águila, ¡abra sus alas y vuele!

Pero, cuando el águila vio allá abajo a las gallinas, picoteando el suelo, saltó y fue junto a ellas. El campesino sonrió y volvió a la carga:

-Yo le había dicho, ¡ella se convirtió en gallina!

-No –respondió firmemente el naturalista. Ella es águila, poseerá siempre un corazón de águila. Vamos a experimentar todavía una última vez, mañana la haré volar.

Al día siguiente, el naturalista y el campesino se levantaron bien temprano. Tomaron el águila y la llevaron fuera de la ciudad, lejos de las casas de los hombres, en lo alto de una montaña. El sol naciente doraba los picos de las montañas. El naturalista levantó el águila al cielo y le ordenó:

-Águila, ya que usted es un águila, ya que usted pertenece al cielo y no a la tierra, ¡abra sus alas y vuele!

El águila miró alrededor. Temblaba como si experimentase una nueva vida. Pero no voló. Entonces, el naturalista la tomó firmemente, en dirección del sol, para que sus ojos pudiesen llenarse de la claridad solar y de la vastedad del horizonte. En ese momento, ella abrió sus potentes alas, graznó con el típico kau, kau de las águilas y se levantó, soberana, sobre sí misma.

Y comenzó a volar, a volar hacia lo alto, a volar cada vez más alto. Voló… Voló hasta confundirse con el azul del firmamento.”

                                                                                                                                      James Aggrey.

El breve cuento de hoy, nos inspira para reflexionar sobre el potencial que tenemos dentro, pero al que no permitimos volar alto mientras adoptamos la personalidad de las gallinas, inmersos en nuestras lamentaciones.

Como siempre, te invitamos a compartir tus maravillosas experiencias con nosotras. Y si en tu lugar de trabajo estáis estancados en la queja, compártelo; te podemos ayudar.